Publicado el 12/05/2018 - 21:33 Hs.

Esa Hoguera de las Vanidades

​​​​​​​La necesidad de elogios puede colocarnos en situaciones sobre las que es necesario reflexionar. En el mundo de la cultura también saben de qué se trata.

Posiblemente conocimos el libro de Tom Wolfe y también la película del mismo nombre. Pero durante años hemos oído hablar de la “hoguera de las vanidades” sin saber con absoluta precisión de qué se trataba, aunque presumiendo que alude a ese ambiente muy particular, como contaba Gustavo Cerati, “donde todos se la creen”. La historia de esta denominación se sitúa en 1497 (en Florencia durante el martes de Carnaval), cuando adictos al monje ultra fundamentalista Girolamo Savonarola quemaron diversos elementos en una hoguera pública, buscando destruir a través del fuego objetos que por su utilidad se consideraban escandalosos, tales como espejos, cosméticos, vestidos de gran confección, como asimismo instrumentos musicales. Se incluyeron en el fuego purificador libros considerados obscenos, y todo aquello que sirviera de material para alimentar vanidades de los ciudadanos.

Y aunque el mundo parece estar evolucionando, y la prolongada era patriarcal y machista estar en plena decadencia, incluyendo sus símbolos y atributos, sin embargo, en el caso de los varones, poseer el auto más lujoso o vincularse con la mujer más atractiva (esto es siempre subjetivo) -sin que todos se enteren-, no garantiza tener el narcisismo de cada uno colmado al extremo. El Ego (o también la autoestima, el orgullo), para que se nos infle a punto de explotar, muchas veces está en relación directa con una acción que procede de los otros, de aquellos que tenemos más próximos y nos resultan significativos.

Rubén Makinistian, en “Espacios y Silencios”, decía lo siguiente: “¿Te fijaste cómo te gusta que te elogien? A mí también, por supuesto. Pero, para serte sincero, hubo épocas de mi vida en que me gustó mucho más. ¡Cómo me sentía halagado con las opiniones aplaudidoras de la gente que se aproximaba para escucharme, para verme! Yo, investido de científico, actuaba. Me subía a una tarima, o a un escenario, con micrófonos, grabadores, sala iluminada, altoparlantes, y les daba, de más está decirlo, todo lo que tenía… Era el modo de obtener, a cambio, fotografías, filmaciones, dinero, y, sobre todo, la gran retribución: los elogios, habitualmente frondosos, a los que yo, abombado, atontado, respondía con sonrisas... Las alabanzas –lo laudatorio, en general-,
me eran tan preciadas...: anhelaba famas, llamadas telefónicas y epistolares, reconocimiento, agradecimiento, estar de boca en boca, el título de genio... Anhelaba destellar, que se me llevara en andas, se me premiara... Anhelos que eran necesidades, pero no auténticas…”

Detalles más, detalles menos, el texto citado parece la historia de muchos que atravesaron gran parte de su vida, y han llegado al punto de tratar, muchas veces infructuosamente, de ocultarse o de pasar desapercibidos para evitar que cualquiera los encandile, aunque sea fugazmente, con repetidos y previsibles elogios. Porque esta necesidad la padece casi todo el mundo. Necesitamos que nos confirmen, que nos reconozcan, que nos valoren, aunque ello no implique ni notoriedad, ni popularidad ni repercusión mediática. Ni se traduzca en mayores ingresos o incremento patrimonial. No obstante una delgada línea separa la básica necesidad humana de los buenos vínculos del vivir pendiente de las alabanzas hasta el punto de dejarnos de lado a nosotros mismos, haciendo lo que sea por conseguir un halago. “Y más aplausos para mí. Lo que la gente llama éxito…” diría Silvina Garré. Tal vez sea prudente pensar cuánto somos capaces de traicionarnos a nosotros mismos, realizando una acción cualquiera (a veces superficial e innecesaria) que no se corresponda con nuestra coherencia personal, tan sólo por un elogio.

Seguramente, si pensamos en ello, podremos decir que conocemos gente que entregaría todo por una adulación. Baste con mirar la degradación o humillaciones varias que les inspira autoinfligirse a unos cuantos por aparecer unos minutos en la tele. Ni hablar, si se trata de formar parte del elenco de algunos programas que su sola participación conlleva aceptar y someterse a todo tipo de prosternación y claudicación, a veces llevado al extremo de la propia prostitución espiritual.

Algunos deberían escuchar lo que con acierto describía Ricardo Soulé: “hoy empiezo a ver con más claridad... los que me rodean...” Y sería honesto reconocer, también, que ya de grandes, por alguna razón, los elogios comienzan a resultarnos sospechosos, y siempre instalando la duda de a qué necesidad responden: si a la del elogiado o a la del elogiador. Y, además, no sería inapropiado pensar: Con tanto elogio que me brinda, ¿qué me estará por pedir? O ¿qué me quiere sacar? En definitiva, a cambio de tantas loas, ¿qué previsible perjuicio estoy dispuesto a aceptar?

Esta referencia acerca de la vanidad y de la necesidad de ser elogiado, lleva, como reflexión final, que aún habiéndonos convertido (a veces inocultablemente), en personas mayores, lo cual implicaría haber accedido a cierto nivel de sabiduría, sin embargo podemos ser un poco soberbios. Es decir, llegado ese caso, un poco estúpidos. Los Violadores exponían: “Tus funerales serán con pompas. Y esa es tu vanidad”. Sería preferible, por una necesidad de equilibrio mental, ya que es una inexorable ley de la vida, pensar en lo que afirmaba el Indio Solari: “voy aprendiendo a desaparecer...” Y ejercitarlo. Quizás porque se aproxima tanto a la propuesta del antropólogo Carlos Castaneda (luego retomado por Luis Alberto Spinetta), cuando instaba a borrar la propia historia personal. A despojarnos de todo. Ser nosotros mismos quienes decidamos dejar de alimentar nuestras vanidades. Es decir, soltar los últimos lastres. Ser libres, al fin.

 

Escrito por: Ernesto Edwards

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