Publicado el 16/08/2019 - 06:46 Hs.

Autores: Bob Dylan, el Premio Nobel del rock

Le llevaron 55 años de carrera del talentoso y original creador de su propia leyenda para finalmente ser reconocido como escritor

Bob Dylan (nacido como Robert Zimmermann) llegó al mundo en 1941 en el seno de una modesta familia judía, en Duluth, un centro minero de Estados Unidos próximo a la frontera canadiense. Pero a los veinte años se instala en el Greewich Village, ámbito propio de la intelectualidad neoyorquina, codeándose con los consagrados popes de la generación beat (como Jack Kerouac y Allen Ginsberg), cuando apenas rasgueaba la guitarra y soplaba penosamente la armónica (aunque él diga otra cosa), editando su primer disco de síntesis, provocando un grave fracaso comercial, pero obteniendo un rotundo suceso desde la crítica. Dos años después se impone como el líder del incipiente movimiento de resistencia al establishment a través de temas muy jugados y comprometidos, atacando al ejército, al Ku Klux Klan, a la policía, a la justicia, a los dirigentes políticos y económicos, y finalmente a toda la sociedad, y así, de ese modo, la generación contestataria ya había conseguido su profeta. 

Dylan, popularizador de la canción de protesta, ese canto de rebelión que se presenta en tono de denuncia y de reproche como un análisis general de los aspectos más criticables del sistema, ha compuesto gran número de textos de este tipo sobre la guerra, el conformismo y la educación. Su segundo disco, de 1962, contiene la pacifista “Blowin'in the wind”, con la que Bob Dylan comienza a consagrarse: “¿Cuántos caminos debe un hombre andar para que lo tengan por hombre? ¿Cuántos mares debe surcar una blanca paloma para poder descansar en la arena? ¿Cuánto tiempo seguirán silbando las balas de cañón antes de ser proscriptas para siempre? La respuesta, mi amigo, está soplando en el viento”. Todo un himno que pintó a más de una generación.

En 1965 se une a la sacerdotisa del folk, Joan Báez, quien comprometida con el pacifismo y el antisegregacionismo, arrastra a Dylan, hasta su hastío, cuando decide irse de gira a Inglaterra, contactándose con The Beatles y los Rolling Stones, y animado por el éxito de los Byrds con el cover de su “Mr. Tambourine Man”, decide electrificar su estilo (con fanáticos fundamentalistas del folk acusándolo de “Judas” en un memorable recital), y pasar a una poesía rica en atrevidas metáforas y simbolismos, con una sintaxis entrecortada tan propia del surrealismo, pero abandonando viejas convicciones, entregándose al rock business, y abusando de las drogas. Tal era su facilidad para oscilar y cambiar de personaje, entre múltiples contradicciones.

A lo largo de su carrera, Bob Dylan se ha hecho cronista de diversos hechos políticos, escribiendo sobre los extremistas blancos, sobre el asesinato en la cárcel de un líder negro, sobre la represión policial, sobre boxeadores muertos en el ring o injustamente encarcelados (para ello revisar una genial “Hurricane”), sobre la delincuencia adolescente, sobre el asesinato de una sirvienta negra a manos de un hijo de una familia blanca, sobre el cierre de las minas y las huelgas, y sobre la positiva mirada acerca de delincuentes del siglo XIX, como en “Knokin' on heaven's doors”, versionada por íconos del rock como Eric Clapton, Roger Waters y los Guns N´Roses.

Sabiendo él mismo que el rock es, fundamentalmente, una cuestión de actitud, Dylan, habiéndose erigido desde sus comienzos en un ídolo dispuesto a sorprender, alimenta la confusión acerca de todo lo que le concierne: se niega a comprometerse cuando él mismo puso de moda el compromiso, para después comprometerse de nuevo cuando todos los demás se entregan al negocio del espectáculo. Judío agnóstico, después antirreligioso, vuelve a ser judío, para posteriormente convertirse al cristianismo, para después volver a burlarse de la religión. Juega a ser marginal, pero se casa y tiene cinco hijos. 

Siguiendo con sus ambivalencias, rechaza el papel de líder, pero se considera un genio, para más adelante dudar de su talento. Desprecia a su público (o eso creen algunos), al no saludar ni agradecer nunca en un concierto, pero sólo canta lo que le asegura el éxito. Participa en conciertos caritativos, pero exigiendo sumas excesivas, cuando otras veces toca gratuitamente. Todo un compendio de contradicciones que no hicieron otra cosa que darle coherencia interna, de parte de un creador caracterizado en sus primeras épocas por sus altibajos y ausencias.

Dylan es no sólo un músico, cantante, compositor, poeta y novelista. Es un exponente del mundo del pensamiento que mejor supo retratar, con el soporte musical de sus canciones, los últimos sesenta años de la historia universal. Con un puñado inmenso de grandes canciones de antología que han dejado innumerables y elaboradas frases célebres, con el soporte de diversos géneros musicales de origen estadounidenses, como el folk, el blues, el góspel, el rockabilly y el country. Abrevando además en las tradiciones inglesa, irlandesa, galesa y escocesa. Sumando asimismo toques jazzeros. 

Bob Dylan, acreedor a su tiempo del Grammyy del Golden Globe, y ya ganador delOscar 2001por “Las cosas han cambiado”, como poeta del Premio Príncipe de Asturiasen 2007, y del prestigioso Pulitzeren 2008, con el reciente Premio Nobel de Literatura(2016) consolida su imagen de juglar contemporáneo, autor y divulgador de sus propios poemas musicalizados, en los que expresa al modo de historias de la vida real, su complejo y profundo mensaje filosófico.

La Academia Sueca, al momento de otorgarle el merecido galardón, anunció que lo hacía por “haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición de la canción norteamericana”. Pero Dylan ha trascendido las fronteras. Es un pensador que reflexiona mirando no sólo a su aldea. El viejo Bob ha podido pintar el mundo entero.

Actualmente, e intermitentemente desde hace casi un cuarto de siglo, vive de interminable gira, con su “Never Ending Tour”.

Creador de su propia leyenda, fue la pluma y la voz dedel juventudesexplotadas e incomprendidas, que buscaban responderse su interrogante: “¿Cómo se siente estar completamente solo, sin saber el camino a casa? Siendo un completo desconocido, como una piedra que rueda”.

Aumque también lo hubieran merecido Jorge Luis Borges, Umberto Eco y Leonard Cohen, ya no están para reclamarlo. Quedarán en lista de espera para ser reconocidos de igual manera que Bob Dylan, incomparables autores como Roger Waters y Woody Allen. Es que los tiempos están cambiando, como bien presagiara, hace casi sesenta años, un joven Robert Zimmermann.

 

Por Ernesto Edwards

Filósofo y periodista

FILOROCKER

Escrito por: Ernesto Edwards

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