Publicado el 09/08/2019 - 06:58 Hs.

Autores: Leonard Cohen y la última imagen

Todos, en numerosas ocasiones, intentamos elegir cuál será nuestra última imagen para ser recordado. Cuál la última obra. En el caso del gran Leonard Cohen, sus dos últimos discos y su libro póstumo.

Rubén Makinistiandecía: “Aunque uno no puede saber con certidumbre si va a ser recordado, y, si es que llega a serlo, cuándo y por quién, …depende de cómo desee ser recordado, el modo en el que se comporte mientras convive con los demás”.                                                                                                                                

Fue atípico el recorrido artístico de un creador como el canadiense Leonard Cohen(premio Príncipe de Asturias 2011 a las Letras), quien habiéndose criado en una tradicional familia judía, y consolidado y respetado tempranamente en el mundo literario como un inspirado poeta y original novelista, recién a los 32 años decide incursionar en el mundo de la música, como cantautor, y convertirse en una especie de trovador que construyera un repertorio mezcla de sacro y de profano, para cantarle al misterio de la divinidad pero al mismo tiempo a la cotidianeidad y a las pequeñas y grandes debilidades humanas. 

Siempre posicionado en una perspectiva pesimista y escéptica, aún con una visión de la trascendencia, Leonard Cohen, cuando acababa de cumplir 80 en 2014, y parecía que hacía rato que ya estaba retirado de la actividad creativa, terminaba de editar su disco 13°, “Popular problems”, un exquisito poemario de 9 canciones que insistía con sus viejas obsesiones, con su clásica áspera y desafinada voz de viejo fraseador, de esos que recitan sus propias metáforas más que lo que cantan, entre rasguidos flamencos, soul, country y folk. Depresivo, intenso, irónico, bohemio, profundo y perdedor. Un tanguero consumado pero con la estética del bluesmen. Fascinador de jóvenes multitudes que lo seguían como si fuera un gurú que conectaba varios mundos entre sí, Cohen regresaba con nuevas canciones de corte filosófico y popular, aún con la dificultad de tener que rivalizar con irrepetibles creaciones propias como “Everybody knows” o la multiversionada “Hallelujah”, un extraño poema mitológico.

Miembro de culto de la “beat generation” que influyera a Kurt Cobain y que compartiera cartel con Bob Dylan y Tom Waits. Enemigo de la fama y las costumbres mundanas. Cultor del budismo como un monje encerrado en monasterios y engañado por su manager, que le robara hasta su último centavo, Leonard Cohen salía otra vez a competir en el mundo de la música, y el resultado fue el de un artista eximio que derramaba bellas canciones en tono intimista, que llevaban a reflexionar. Sus “problemas populares” no cambiaron: la existencia, el dolor, la derrota, el sexo, el camino autodestructivo y una muerte cada vez más próxima, que sintetizaba diciendo:“Estoy cantando aunque el mundo se ha acabado. Estoy pensando que quisiera continuar. Estoy cantando aunque todo salió mal”.

Abría el disco con “Slow”, y el filosófico existenciario del tiempo: “No es porque sea mayor, no es porque esté muerto, siempre me ha gustado lentamente”. Seguían, con mucha oscuridad conceptual y una despojada densidad musical“Almost like the blues”, “Samson in New Orleans”, la sentimental “Did I ever love you”, y la desconsolada “My oh my”, en la que se interrogaba: “¿Era difícil amarte? Tuve que intentarlo”.

Definido por la crítica como el gran poeta de la canción, sin embargo Cohen se convirtió en ese pensador que decidió ponerle música a sus dilemas y cavilaciones, para ser él mismo quien gritara sus verdades. Como en ese inmortal poema filosófico, en el que como un anarquista en contra del sistema, cantaba: “Todo el mundo sabe que las apuestas están arregladas. Y aún así juegan esperando un golpe de suerte. Todo el mundo sabe que la lucha fue manipulada. El pobre sigue siendo pobre, y el rico seguirá robando… Todos saben que este barco está por hundirse. Y también saben que el Capitán trata de ocultárselos…”

“Popular problems” parecía ser su digno broche de oro, pero ¿quién podía asegurarlo? Llegaba 2016. “Mi cuerpo está cansado”, decía. Su voz estaba gastada. Hacía años que susurraba y que fraseaba. Aunque Cohen estuvo, hasta su final, en pleno uso de sus facultades intelectuales y de su talento creativo. Y con la profundidad y complejidad de sus letras en su punto óptimo.

Todos en el mundo de la cultura sueñan con dejar para la posteridad su mejor legado artístico, aquel testamento creativo que deje la última gran imagen de todo aquel que pasó por el mundo marcando un rumbo. Tal el caso de Cohen con “You want it darker” (“Lo querés más oscuro”), décimo cuarto disco de estudio, editado cuando ya tenía 82.

Hacía poco, con la muerte de una de sus grandes musas, Cohen escribía:"Bien, Marianne, hemos llegado a este tiempo en que somos tan viejos que nuestros cuerpos se caen a pedazos; pienso que te seguiré muy pronto". Fue el anuncio del fin.

Con ocho nuevos poemas y un track final casi instrumental, regresó (antes de irse) para la consideración del gran público, una vez más. Para un disco melancólico y austero, de íntima religiosidad, que lo exhibe resignado al ocaso, pero despidiéndose con elegancia. Cuidando el estilo y los detalles. Existencialista al fin, el visionario escritor se ofrece a su destino con un disco sombrío, autorreferencial. De agotamiento y desencanto. Hablando (y entregándose) con su propio Dios, con un par de canciones en clave de réquiem. Pero también abordando, como siempre en su carrera, amor, sexo y política.

Con“You want it darker”, quien hace apenas un par de años publicaba “sigo cantando, aunque todo salió mal…” expresaba sus últimas palabras, finalmente en paz. A poco de presentarlo y de decir que quisiera vivir para siempre, se murió. Su último registro, como despedida y preparación para la muerte, no podría haber sido mejor.

Poema – canción, uno a uno, así se suceden en el disco: Arranca con“You Want It Darker”, inspirado en crónicas bíblicas yacompañado por un coro de sinagoga:"Si tú eres el repartidor de cartas yo estoy fuera de juego. Si tú eres el sanador yo estoy roto y rengo. Si tuya es la gloria, entonces mía debe ser la deshonra". Y repitiendo, en hebreo, como un mantra: “Estoy listo, mi Señor”.Con “Treaty” vuelve a mezclar trascendencia e inmanencia:“Estoy cansado y enfadado todo el tiempo. Ojalá hubiera un pacto entre tu amor y el mío”.“On the Level” es un retorno a sus años de seductor galán: “Me sonreíste como si fuera joven y me dejaste sin aliento”.  Con “Leaving the Table”, más calmo, se resigna al paso del tiempo:“No necesito un amante, la miserable bestia está domada, así que apaga la llama”. “If I Didn’t Have Your Love” es una cancioncita romántica.“Traveling Light” es un homenaje con tonalidad griega. “It Seemed the Better” retoma coros para reflexionar sobre la divinidad:“Parecía lo mejor cuando oí hablar de ello, pero ahora es demasiado tarde para poner la otra mejilla”. Con “Steer Your Way” desde su veteranía aconseja:“Dirige tu camino a través de las ruinas del altar y el centro comercial. Dirige tu camino a través de las fábulas de la Creación y la Caída. Dirige tu camino más allá de los Palacios y elévate por encima de la podredumbre, año tras año, mes a mes, día a día, pensamiento a pensamiento”. Sí, para vivir mejor.Cierra el disco “String Reprise / Treaty”. Y dejó “You want It darker”, un disco de excelencia. Y sin embargo…

A finales de 2018 llegaría “The Flame”, su libro póstumo. Su testamento literario. Un volumen que él mismo diseñara. Con poemas autobiográficos, letras de sus canciones, apuntes y dibujos, más su famoso discurso de aceptación del “Príncipe de Asturias”. Valga como cierre de su obra: “Trabajé siempre con firmeza. Pero nunca lo consideré un arte. Financiaba mi depresión viendo a Jesús, leyendo a Marx. Claro que falló mi pequeño fuego. Pero aún brilla la chispa mortecina. Ve a decirle al joven Mesías lo que le pasa al corazón”. Leonard Cohen eligió su última imagen.

Se fue un maestro de la vida. Un viejo filósofo, judío y universal, que cantaba sus propios poemarios. Merecía el Nobel, como Bob Dylan.

Por Ernesto Edwards

Filósofo y periodista

@FILOROCKER

 

 

 

Escrito por: Ernesto Edwards

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