Publicado el 03/04/2020 - 07:00 Hs.

Calamaro, la cuarentena y el rock

Mientras iba de gira presentando su vasta obra, en la pausa que sería la previa de su tour europeo, la pandemia encontró a Andrés Calamaro recluído pero no aislado. Sus fans, agradecidos

En días de coronavirus, con la cuarentena que abruma y un aislamiento social obligatorio que nos enfrenta con nosotros mismos, y con unas noches que pueden ser interminables, y una depresión que hay que evitar y que en ocasiones se traduce como la percepción de que todos los días son iguales, sin fechas reconocibles, tan sólo diferenciados por darnos cuenta nada más de que es de mañana, de tarde o de noche, y el letargo, el sopor y el aburrimiento te pueden tapar y hundir en un abismo, Andrés Calamaro volvió con todo. Y para todos. Y todas.

Por Ernesto Edwards

Filósofo y periodista

@FILOROCKER
Calamaro, destacado músico triunfador ya desde adolescente (con Los Abuelos de la Nada), es prolífico, tiene incontinencia musical y una incomparable facilidad para la rima jinglera, para la “rima Calamaro”. Al punto de haber grabado discos quíntuples, bonus tracks de rarezas, setbox de Obras Incompletas, discos compartidos tanto con Fito Cabrales, Enrique Bunbury o con quien le venga bien, también una colección de tangos y varios álbumes en el mismo año. Con resultado dispar, por cierto. En el medio, entre disco y disco, y ya son muchos, entre solistas o en colaboración, experimenta y ensaya novedades, algunas que formarán parte de su catálogo, y otras que quedarán olvidadas o en grabaciones que permanecerán clandestinas. Porque aunque es autor de canciones extraordinarias e inoxidables, tanta desbordada creatividad conlleva que se filtre algún que otro aporte descartable. Pero había un perfil más, una variante extra, que era casi desconocida. Porque sabíamos de sus inquietudes varias en redes sociales, con forma de intercambios, disputas y debates. Pero el insomnio propició que apareciera otra versión de su experiencia musical. De su experiencia existencial. De su vocación comunicacional volcada en un monólogo introspectivo.


En estas jornadas que para algunos resultan ser de agobio, o de soledad, puede resultar imprescindible una visita diaria al Facebook Live o esperar el Vivo de Instagram de Andrés Calamaro. O simplemente dejar que suceda. De este generoso servidor de la cultura que da todo su arte y su impronta para que la pases bien. Y es gratis. No anda manoteando de la tuya como hacen otros “artistas” oficialistas, desesperados por una moneda fácil. No la caretea buscando el esponsoreo gubernamental. Después de todo, Calamaro es un consagrado. Y ganó bastante. No necesita sacársela a los que sí la precisan, esto es los verdaderos trabajadores de la cultura, aquellos que laboran en las editoriales, y en la industria y las empresas de la música, el cine y el teatro. Esos sí que son los verdaderos necesitados que habría que atender.

Calamaro es contracultura. Aunque sea exitoso. Calamaro también es Rock. Puede ser fashion y hasta pretendidamente elegante, pero también puede ponerse de entrecasa y tomar mate en shorcito, con ese uniforme necesario que muestra la informalidad del proceso generativo de todo artista: la armonía creativa en el medio del caos.

Escenografía minimalista: una guitarra eléctrica firmada por Moody Waters y una bicicleta colgadas, un termo, un mate, una viola acústica, un sampler, un teclado, una pc, varios parlantes e instrumentos, y dos efigies: Osvaldo Pugliese y el Gauchito Gil. Y un teléfono que transmite y muestra, a medias, con reticencias, a Calamaro.

Andrés Calamaro, desde su casa, con sus Fabebooks Live y sus Vivos de Instagram diarios: puede hacerlo por horas y horas, entreteniendo sin agenda. Y no está pendiente del número de conectados. Hay show lo mismo con miles que con doscientos. Imperdible. Un show que puede resultar interminable. Él mismo parece recargarse, y se toca todo. No sus canciones. Pero baila, explica, perrea, responde algunas preguntas, hace sus payadas, exhibe versos nuevos, y muestra la panza (“Sexy y barrigón”) al ritmo de salsa. También salen tango y folklore. Y lo mejor se pone cuando arma su cigarrito. Que ya se sabe, fuma él solo, aunque algunos lo confundan con apologizar. Y reflexiona, filosofa sobre los temas más profundos, como la libertad y el tiempo. Improvisa y canturrea sobre bases y grabaciones de otros. Y aunque le pidan que salga algún hit, la propuesta de Calamaro no se trata de eso. Es un encuentro con la música, y no un recital de grandes éxitos. Aunque, por ahí y si tiene ganas, te dé el gusto de versionar a Pappo o The Police, con su voz cada vez más nasal. 

Por momentos, su Facebook Live es Radio Cuarentena. En otros, su Instagram es un espacio confesional, y en otros más, sus redes son la pantalla y el audio de un experimentado DJ animando la fiesta, cuando ya casi no nos quedan motivos. Tal la propuesta de Andrés, el Salmón, siempre contra la corriente. Y todo, poseído por la belleza de lo efímero, pero inolvidable. “Un recuerdo más que pasajero. Será como empezar otra vez de cero”.

Calamaro, el ahora y siempre polémico y revulsivo, y permanente provocador con sus declaraciones sobre cualquier tema. De eso trata cuando se invita a reflexionar: lo mejor es aguijonear al otro, para que se despierte y piense. Calamaro no es complaciente. Calamaro es rock, aunque se cante un bolero.

Símbolo de la resistencia. De la resistencia en casa. Y del pensador posmoderno que se aísla para compartir mejor. Claro, no sabemos cuánto puede durar todo: la pandemia, la cuarentena, el mundo, la vida. Pero en algún momento todo retornará a una moderada normalidad, y este regalo diario de Andrés se terminará. Con el tiempo, estos encuentros de / con Calamaro serán leyenda y formarán parte de la historia contemporánea del rock. “Me quedo con lo poco que queda / Entero en el corazón”.

Gratitud y reconocimiento para Andrés Calamaro. Hemos vuelto a amarlo.
 

Escrito por: Ernesto Edwards

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