Publicado el 07/02/2020 - 07:00 Hs.

De Aristóteles a Lennon

El rock tiene contenidos conceptuales filosóficos. Prestándole atención lo descubriremos fácilmente.

Los creadores de rock, desde 1954, han dejado un contenido musical, estético y temático bastante o totalmente diferente entre ellos. No es lo mismo Chuck Berry, que los Stones, o el heavy metal, o los punks, por sintetizar en apenas cuatro estilos o movimientos, siete décadas de música (y fundamentalmente letras) que han sacudido dos siglos.

 
La historia del rock destaca a los originarios bluseros negros, Elvis Presley, The Beatles, los Rolling Stones, Bob Dylan, The Doors, The Who, Led Zeppelin, The Sex Pistols, AC/DC, Sting, Nirvana y U2, entre otros; y en el orden de los nuestros sería impensable introducirse a la temática sin nombrar grupos que son motivo de culto, como Los Gatos, Almendra, Manal, Vox Dei, Sui Generis, Los Abuelos de la Nada, Pedro y Pablo, Serú Girán, Sumo o Los Redonditos de Ricota; o individualidades del rock como el mítico Spinetta, el magistral Soulé, el incomparable Solari, el pionero Moris o el ya legendario Litto Nebbia.

 
Estas reflexiones apuntan hacia aquellos en los que se percibe cierto nivel creativo, trascendiendo la propuesta enmarcada en parámetros conocidos por antecedentes e historia, por estructura musical o por evolución instrumental. Hay una dimensión en la que sus participantes, por sus temas, actitudes y propuestas, superaron la mera inmanencia de cualquier género musical, revolucionando, por ideología, por estética, el campo del pensamiento, el ámbito de la reflexión más profunda, de las preocupaciones más comprometidas, el espacio sólo reservado para los enunciados propios de un marco eminentemente académico: el de la Filosofía.

 
Provocaba conmoción, años atrás, en algunos ambientes relacionar filosofía con autores de rock, vinculando Camus con Morrison, Kant con Lennon, o Sartre con Axl Rose o Spinetta. No era nada nuevo: le sucedió al ilustre Umberto Eco, por idéntica causa, con Superman y Rita Pavone, motivando que los principales periódicos de Italia titularan: "De Joyce a Rita Pavone", o "Por suerte lo tenemos a Superman".

 
Algunos conceptos básicos: sobre la filosofía en general tendemos a creer que corresponde a un universo distante e inaccesible, vasto e inabarcable, tan propio de eruditos y hermeneutas, que siempre nos será inabordable. Sin embargo, no es así. Vivimos filosofando. Tenemos nuestra propia cosmovisión. Tal vez sin saberlo nos definimos sobre cuestiones éticas, metafísicas, estéticas, gnoseológicas, educativas, políticas y hasta epistemológicas. Saber vulgar, contraposición entre opinión y saber científico. Y opinamos, que no es poco. A veces nos jugamos en cada definición, en cada elección, y como sustrato de cada afirmación, la sostiene, perenne o variable, manifiesto o inconsciente, un enfoque filosófico. 
 

La filosofía no es solamente un saber reservado para unos cuantos iniciados, en condiciones de elaborar una adecuada exégesis de un voluntariamente complejo y tecnicista autor. Decía James Austin en “Cómo hacer cosas con palabras”: para tratar los temas filosóficos hay que usar un lenguaje llano, debemos evitar la jerga altamente especializada y generalmente incomprensible que muchos consideran indispensable para filosofar. Asimismo, en la actualidad, recuperando su sentido originario, es una reflexión sobre la vida del hombre, sobre la realidad, sus preocupaciones, sus dudas, sus miedos, sus culpas. Si la filosofía es amor por la sabiduría, si hay una necesidad de saber, una inclinación por el conocimiento; por descubrir, por desocultar la verdad; y que también es pensarse a sí mismo, es metarreflexión, habremos dado un gran paso: concluiremos que la madre de todas las ciencias debe, y puede, estar al alcance de todos, sin distinción de edades y clases. 


Eco atribuía la resistencia a que esto suceda a "la desconfianza hacia el igualitarismo, el ascenso democrático de las multitudes, el razonamiento hecho por los débiles y para los débiles, el universo construido no a la medida del superhombre sino a la del hombre común", de parte de una clase que añora la época en que los valores de la cultura les pertenecían con exclusividad. 
 

De la experiencia más auténticamente humana del filosofar, Karl Jaspers afirmaba, en “La Filosofía”, que en nuestra entrega al conocimiento del mundo y las dudas que nos provoca, nos olvidamos de nosotros mismos, hasta que nos damos cuenta de nuestra situación, en la que estamos siempre, y que son cambiantes, y que se suceden, y que no cesan, y que podemos modificar -algunas-, pero otras, las por esencia permanentes, son inevitables: padecer, luchar, morir, sentir angustia y culpa; las que nos hunden en un estado crítico ante su conciencia. Estas situaciones fundamentales de nuestra existencia las llamamos situaciones límites, porque son de las que no podemos salir, ni alterar o sortear. Y nos encontramos aquí con lo que sostenemos es el origen más profundo y significativo de la Filosofía: las situaciones que naturalmente desdeñamos, o negamos en actos, pensamientos y palabras, como si creyésemos que no nos vamos a morir nunca, hasta el inevitable y trágico darse cuenta. Ahí nos salvará creer en la inmortalidad del alma, o nos resignaremos al regreso a la nada, o nos conformaremos con vivir como mejor se pueda el período de existencia que nos tocó, o nadie nos rescatará de la desesperación. Y es en la conciencia de los extremos de nuestro ser que nos transformamos y llegamos a ser nosotros mismos, y en la experiencia de estar vivos seremos felices, o más prudentes, o conformistas o rebeldes, amparados u olvidados por el dios de nuestra religión, o sentiremos el fracaso de aceptar pasivamente lo indescifrable, o llevaremos adelante, lo más dignamente posible, nuestro proyecto de vida. 
 

Y en esta conciencia de estar perdidos, arrojados al mundo, no se agota el impulso que hoy nos mueve a la actividad filosófica. Su fuente reposa en la necesidad de comunicarnos, no de un modo meramente intelectual, sino de existencia a existencia, de persona a persona. 
 

Décadas recientes, sucesivamente, con la alta tecnología, y ahora con las plataformas virtuales, ya no es necesario como soporte material del mensaje filosófico, entendido como canal exclusivo y excluyente, un texto con forma de libro tradicional. En la era en la que los mensajes de la posmodernidad se enuncian fragmentadamente, en una sucesión vertiginosa de imágenes, apoyando el enunciado literario-musical de algún intérprete de la canción, y presentado como un reconocible video-clip, se nos hace muy evidente que existen casos puntuales de manifestaciones que, para sorpresa de muchos, contienen un intrínseco, pero a la vez comunicable valor filosófico.

 
No todo el rock contiene filosofía. Pero, ¿qué sugiere leer a Roger Waters diciendo (y citando a Althusser): "No necesitamos educación alguna; no necesitamos ningún control de pensamiento..."? ¿Y esto otro?: "No necesito tu 'guerra civil'. ¿Qué hay de 'civil' en una guerra, de todos modos? Lo que tenemos aquí es la imposibilidad de comunicarnos". No lo escribió Kierkegard, lo hizo Axl Rose. Jim Morrison decía que "Esto es el fin de nuestros elaborados planes, de todo lo que permanece, en una tierra desesperada, es el fin de las risas y las dulces mentiras y de las noches en que intentamos morir". Y Lennon imaginaba que "Dios es un concepto por el que medimos nuestro dolor. Sólo creo en mí. Esa es la realidad".


Concluyamos con Jaspers: "Únicamente en la comunicación se alcanza el fin de la filosofía, en el que está fundado en último término el sentido de todos los fines: el interiorizarse del ser, la claridad del amor, la plenitud del reposo". 

Todos amamos saber, y el éxtasis se alcanza con el conocimiento. Pero en la comunicación está la clave. Y así como en la antigüedad, con el teatro griego, el pueblo, en su catarsis, aprendía, profundizaba en los grandes dramas, y evolucionaba, lo mismo puede suceder en los festivales de rock, el de los que tienen algo valioso que decir, de los cuales se podrá aprender porque tienen un mensaje, y pueden comunicarlo. 
 

Por Ernesto Edwards

Filósofo y periodista

@FILOROCKER

Escrito por: Ernesto Edwards

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