Publicado el 20/11/2020 - 06:54 Hs.

Día Mundial de la Filosofía (y el rock)

Quince años atrás expuse sobre Rock y Filosofía en la UNESCO, en París. Lo evoco a la luz de Gilles Deleuze

El tercer jueves de noviembre de cada año se celebra el Día Mundial de la Filosofía, que en este atípico calendario 2020 fue en la jornada de ayer. Tal fecha fue instituida por la UNESCO, buscando subrayar, como afirmaban, “el valor duradero de la filosofía para el desarrollo del pensamiento humano, para cada cultura y cada individuo. Además de ser una disciplina, la filosofía es también una práctica cuotidiana que puede transformar las sociedades y estimular el diálogo entre las culturas. …En este día de ejercicio colectivo de la reflexión libre, razonada e informada sobre los desafíos importantes de nuestro tiempo, se alienta a todos los socios de la UNESCO a organizar una variedad de actividades – diálogos filosóficos, discusiones, conferencias, talleres, eventos culturales y diversas presentaciones alrededor del tema general del Día con la participación de filósofos, científicos de todas las ramas de las ciencias, educadores, periodistas y otros representantes de los medios de comunicación” de todo el mundo.

En ese marco, quince temporadas atrás, el autor de esta nota fue invitado a participar como disertante en una selecta cartelera de académicos de todo el mundo, sobre uno de los tópicos que ya hacía varios años que venía investigando, con algún moderado éxito, no sólo desde la investigación científica y la cátedra universitaria, sino especialmente desde la divulgación periodística. “La condición del hombre moderno” era el tema convocante de la UNESCO, y quizás por ello la cuestión de la Filosofía a través del Rock tuvo cabida. De todos modos era extraño que Francia, que no tiene una gran tradición en dicho género, se interesara por la temática. Nunca averigüé los motivos de la invitación. Después de todo, ser invitado a participar en París, con algunos gastos pagos, siempre será bienvenido.

Rápidamente asocié la invitación desde Francia, para hablar de tal tema, con el destacado pensador galo Gilles Deleuze. En su afamado libro “Conversaciones” el autor avisa que “Nada se opone en principio a que un curso sea como un concierto de rock”. Es decir que una clase, así como un recital rockero, puede ser un adecuado canal para la transmisión de conocimiento y cultura. Y de un pensamiento filosófico. Decía Deleuze, sobre él mismo, que “Las clases han ocupado toda una parte de mi vida, me he empleado en ellas con pasión. No es lo mismo que una conferencia, ya que se trata de un período muy dilatado y de un público relativamente constante, a veces a lo largo de varios años. Es como un laboratorio de investigación: se organizan cursos acerca de aquello que uno investiga, no acerca de lo que uno sabe. …Era como una cámara de ecos, un serpentín en el que las ideas retornaban después de haber pasado por muchos filtros”. Y en esa dirección, sinuosa y oblicua, se fue asentando mi propio camino sobre cómo abordar la tradición filosófica a través del rock.

Varios años antes, en 1998, y ya habiéndoseme elegido presidente de la Asociación Argentina de Investigaciones Éticas -Regional Santa Fe-, se realizó en Boston el XX Congreso Internacional de Filosofía. Decidí participar para institucionalizar mi tema en la reunión cumbre de la filosofía mundial. Todavía puede encontrarse en la página de la web oficial la comunicación de entonces, que expuse en una de las mesas organizadas para tal fin. Disponía de veinte minutos y era una extraña sensación que colegas de todo el orbe escucharan con atención mi esquemático inglés, que se esforzaba por explicar, y finalmente demostrar, que podemos introducirnos a la filosofía a partir del rock, tomado como objeto cultural, como instrumento principal, a veces como disparador y otras como el texto mismo. Para la experiencia parisina ya contaba con numerosas publicaciones científicas, mucho recorrido exponiéndolo en medios, y la decisión de no abrumar nunca con ese tema a mis alumnos universitarios en el marco de una clase curricular. Y, sobre todo, ejercitado en el hábito de enseñar a dudar incluso de lo que yo mismo enseñaba.

El fondo conceptual del tema Rock y Filosofía viene siendo desarrollado semanalmente con algún detalle en esta Columna en Norte Bonaerense, desde hace casi tres años, con la misma intención original de sus inicios, tres décadas atrás. Esto es ofrecer una introducción al tema vinculando el concepto con el fenómeno, con el acto rockero, no ya pensado como una cuestión de género que se verifica en ciertos compases musicales sino en el manifiesto aspecto actitudinal de contracultura y rebeldía, en el marco de ciertas elaboraciones referenciales que bordean el conocimiento y la existencia, dándole así tenor filosófico. De ese modo, venimos estableciendo una galería de temas, historias y autores que intentan trascender la inclinación enciclopedística que a veces exhibimos, para acceder a un cierto detalle ilustrativo de cada recorrida. Porque se trata de difundir y no de abrumar con disquisiciones superfluas. Se busca acercar al eventual lector al fondo de la cuestión, a la inquietud, a la curiosidad, a la necesidad del conocimiento y de la verdad. Y el rock, como otros tantos objetos culturales de construcción social e individual, es muy generoso en dicho aspecto.

Esa mañana, en París, disponía de media hora para exponer, y algunos minutos más para responder ocasionales preguntas de los asistentes. El contenido general es imaginable y conocido. Sí conviene agregar que podía ilustrar la apertura y el cierre de mi charla con dos videoclips que serían reproducidos en el imponente auditorio de la Avenue de Suffren. La elección recayó, para el comienzo, en “El ReVelde”, de La Renga. “Soy el que nunca aprendió, desde que nació, cómo debe vivir el humano. Llegué tarde, el sistema ya estaba enchufado así funcionando. Siempre que haya reunión será mi opinión la que en la familia desate algún bardo. No puedo acotar, está siempre mal la vida que amo. Caminito al costado del mundo, por ahí he de andar, buscándome un rumbo. Ser socio de esta sociedad me puede matar. Y me gusta el rock, el maldito rock. Siempre me lleva el diablo, no tengo religión. Quizá éste no era mi lugar, pero tuve que nacer igual. No me convence ningún tipo de política, ni el demócrata, ni el fascista. ¿Por qué me tocó ser así, ni siquiera anarquista? Yo veo todo al revés, no veo como usted. Yo no veo justicia, sólo miseria y hambre. O será que soy yo que llevo la contra como estandarte. Perdónenme pero así soy, yo no sé por qué. Sé que hay otros también. Es que alguien debía de serlo, que prefiera la rebelión a vivir padeciendo”. Yo había decidido recorrer ese caminito al costado del mundo, y Chizzo Nápoli exponía qué es el rock mucho mejor que lo que puedo hacerlo yo.

Para el final de ese encuentro elegí una canción que acaba de cumplir medio siglo. Su autor, Ricardo Soulé. “Todo concluye al fin, nada puede escapar. Todo tiene un final, todo termina. Tengo que comprender, no es eterna la vida. El llanto en la risa, allí termina… Todo me demuestra que al final de cuentas termino cada día, empiezo cada día. Creyendo en mañana, fracaso hoy. No puedo yo entender si es así la verdad. ¿De qué vale ganar si después perderé? Inútil es pelear, no puedo detenerlo. Lo que hoy empecé no será eterno… Cuánta verdad hay en vivir solamente el momento en que estás. Sí, el presente, el presente y nada más”. Y lo explicó todo. 

En el ya citado “Conversaciones” Gilles Deleuze apuntaba que “Es curioso lo de decir algo en nombre propio, porque no se habla en nombre propio cuando uno se considera como un yo, una persona o un sujeto. Al contrario, un individuo adquiere un auténtico nombre propio al término del más grave proceso de despersonalización, cuando se abre a las multiplicidades que le atraviesan enteramente, a las intensidades que le recorren”. Quizás yo ya no sea yo, treinta años después de mi primera publicación sobre Rock y Filosofía.

Por Ernesto Edwards

Filósofo y periodista

@FILOROCKER

 

 

Escrito por: Ernesto Edwards

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