Publicado el 14/02/2020 - 07:00 Hs.

El Oscar y el Rock

La reciente premiación del Oscar mostró a la Academia con algunos cambios respecto de su historia y tendencias. Cabe preguntarse cómo ha sido su vínculo con el rock.

La Academia de Artes de Hollywood, históricamente, siempre fue una entidad conservadora. Cuidando de ciertas tradiciones (que valoran como buenas) y en confrontación con todo lo que pueda implicar un progresismo. Asociándolo al nacionalismo, a cierta impronta religiosa, a un costado racista y a populismos, de ayer, de hoy, y de siempre. 

Sí, la Academia ha sido conservadora. Siempre en consonancia con las sucesivas administraciones gubernamentales norteamericanas, a quienes apoyó sin dobleces desde que el premio fue instituido en 1928. Baste con repasar las películas triunfadoras, con sus particulares temáticas cada una, y ubicarlas según el año de su distinción.
 

No sería imprudente afirmar que sus miembros siempre fueron, por lo menos en su gran mayoría, abiertamente oficialistas, hasta que apareció Donald Trump, claro. También los géneros cinematográficos ganadores representaron una intención. Pensemos que cada vez que se impuso una película musical, el país siempre atravesaba una notoria crisis, que había que disimular, aunque suene ingenuo. Alcanza con evocar que ello comienza en el origen mismo de la premiación, pues apenas un año después de iniciada, "The Broadway melody" llegó para paliar las penas del gran crack de 1929. Quizás el último gran ejemplo fue ese insulso filme titulado "Chicago", de 2002, que en otras circunstancias hubiera pasado casi desapercibido, pero apareció justo cuando se habían caído las Torres Gemelas y George W. Bush estaba por invadir Irak. Nada mejor, entonces, que entretener y distraer a los compatriotas con metrajes que te hagan tamborilear los dedos y mover los pies al compás de una musiquita pegadiza, y mientras menos se piense, a partir de historias tontas, mejor.
 

Ni hablar de la histórica costumbre de evitar nominar, y mucho menos reconocer como los mejores, a intérpretes de raza negra (o de cualquier otra), poco menos que esclavos contemporáneos para ellos. Sólo excepciones como Sidney Poitier, Halle Berry y Denzel Washington, entre no muchos más, parecen desmentir esta evidencia. Lo propio con las mujeres, sobre todo dirigiendo. También es justo recordar que talentosos realizadores de la talla de Hitchcock, Kubrick y Chaplin no lo ganaron nunca y tuvieron una vida colmada de prestigio artístico.


Pero algo parece estar cambiando. Las instituciones que no evolucionan generalmente corren el riesgo de marchitarse y morirse. O por lo menos de fosilizarse. Mas no se puede modificar todo. El arte, el cine en este caso, no está despojado de contenido político. No es pura aproximación a una abstracta belleza. No es para nada aséptico. 

También es cierto que el siempre esperado Oscar de ninguna manera es sinónimo ni garantía de calidad artística, sino que, generalmente, responde a determinados intereses de la propia industria que premia, donde se mezclan no sólo lo comercial con lo político, sino que también interjuegan diferentes factores que aparecen como más difusos, pero que terminan por configurar un panorama poco transparente. El Oscar, en particular, dedicado al cine, y premiaciones estadounidenses, en general, como el Grammy a la música, el Tony al teatro y el Emmy a la televisión, son cabal muestra de ello, sin perjuicio de que año a año se reiteren excepciones que al coincidir con el criterio general y el gusto de la gente, no hagan otra cosa que confirmar esta regla.

Para ello a veces se incurre en “acciones positivas”, que nombra aquello que busca instaurar políticas que den a un determinado grupo social, racial, o sexual, minoritario, aparentemente desprotegido, de alto impacto mediático, y que históricamente haya padecido discriminación a partir de inequidades diversas, una reparación otorgándole un trato privilegiado en el acceso de determinados recursos o servicios o bienes, y de tal modo compensarlos por los prejuicios padecidos en el pasado. Son acciones direccionadas a disminuir o eliminar el ejercicio discriminatorio en contra de aquellas expresiones históricamente excluidas como el de las mujeres, las diferentes razas, o ciertas inclinaciones sexuales, buscando potenciar la representación de estos sectores, provocando una nueva discriminación en sí misma, de diferente tenor, pero que se convierte en una renovada injusticia, al despojar o postergar a quienes probablemente, en una situación relativamente objetiva e imparcial, hubieran sido los elegidos. Y todo, por la supuesta conveniencia de ser vistos como progresistas, fomentando el privilegio de la diversidad, y todo tipo de inequidades hacia los grupos mayoritarios, que terminan siendo excluidos.

En el marco de esta especie de cambio por parte de la Academia hollywoodense tendríamos que revisar cómo ha sido el vínculo que viene manteniendo con el rock. Huelga decir que este género musical, desde su misma instauración, allá por 1954, ha mantenido una estrecha relación con las bandas sonoras de las películas más exitosas, formando parte de sus respectivos soundtracks, y consolidando hits que pasarían a formar parte de la historia del cine. Baste con recordar que el minuto cero del rock and roll, a nivel comercial, fue con “Rock alrededor del reloj”musicalizando los créditos de la legendaria “Semilla de maldad”. Ahora bien, la proliferación de música rock en el cine en modo alguno vino a significar una aceptación y su consecuente reconocimiento por parte de la Academia, habida cuenta de recorrer el listado de ganadores del Oscar a la Mejor Canción, desde la década del ´50 en adelante. Apenas cuatro fueron la excepción, y ello si evitamos el debate que algunos plantean acerca de si Elton John encuadra en el marco del rock business, o es sólo música pop.

Recién en 1993 Bruce Springsteen sería distinguido con ese galardón por la incomparable “Streets of Philadelphia”, leit motiv de la recordada “Filadelfia”, con esa letra desgarradora que el Jefe cantaba: “Estaba amoratado y magullado, y no podía decir lo que sentía. Estaba irreconocible para mí mismo. Vi mi reflejo en el espejo, no conocía mi propio rostro. Oh, hermano, ¿vas a dejarme consumiéndome, en las calles de Filadelfia? Caminé por la avenida hasta sentir las piernas como piedras. Oí voces de amigos desvanecerse y desaparecer. Por la noche, podía oír la sangre en mis venas, tan negra y susurrante como la lluvia, sobre las calles de Filadelfia. Ningún ángel va a darme la bienvenida, somos sólo tú y yo, amigo mío, y mi ropa ya no me vale más. Caminé un millar de millas, sólo para escurrirme de esta piel”.

Pasarían siete años, para que en 2000 Bob Dylan, el Premio Nobel del Rock, fuese premiado por “Things have changed”. Con el filósofo cantando: “La gente está loca y son tiempos extraños. Estoy bloqueado, estoy fuera de lugar. Solía tener cuidado, pero las cosas han cambiado”.

En 2002, el consagrado rey del hip hop Eminem colaba su aclamado rap “Lose Yourself”, muchas veces censurado en su difusión por sus letras explícitas, dando soporte a la casi autobiográfica “8 Mile”. Rebelde al fin, nunca fue a retirar el premio, cuestión que pareció quedar superada cuando en la premiación reciente interpretó su canción en vivo.

Este pasado domingo, el gran Elton John ganó el suyo por “(I´m Gonna) Love Me Again”, compuesta para el filme “Rocketman”, que recorre su propia biografía.

El mundo está cambiando. No sabemos cuánto, porque mensurarlo parece ser una actividad subjetiva e imprecisa. Los miles de votantes de la Academia otorgaron el Oscar a la Mejor Película a la excelente realización surcoreana “Parasite”, hablada en su propio idioma, y siendo una aguda, original e ingeniosa crítica a la desigualdad social de su país. Por primera vez otra etnia, otra lengua, otra cultura. ¿Estos cambios, esta apertura, llegan para quedarse? ¿O es sólo otra acción positiva? Mientras tanto, el rock sigue acompañando el transcurso de la historia, describiendo y denunciando, y fijando posición contra el establishment. Parece demasiado como para que le caiga bien a todos.

Por Ernesto G. Edwards
Filósofo y periodista

@FILOROCKER

 

Escrito por: Ernesto Edwards

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