Publicado el 19/02/2021 - 07:00 Hs.

“El sonido del metal”. Y del silencio

El estreno del filme “El sonido del metal” permite aproximarnos a los problemas auditivos y a reflexionar sobre la educación, la identidad, la discriminación y la inclusión. En el rock también sucede

 

Por Ernesto Edwards / Filósofo y periodista @FILOROCKER

Hace tiempo que ha quedado establecido que los músicos de rock corren un alto riesgo de sordera o disminución auditiva debido a la continua exposición a altísimos niveles de ruido, acumulando un daño que se torna generalmente progresivo, y a veces repentino por alguna exposición breve, pero intensa, que en ocasiones también les provoca vértigo y cefaleas, entre otros síntomas.

Los músicos más notorios del universo rockero con trastornos auditivos son: Pete Towshend, el líder de la legendaria The Who, quien culpa a los audífonos de sus patologías. El cantante y baterista Phil Collins, que ha perdido gran parte de su capacidad de oír. El batero Lars Ulrich y el vocalista James Hetfield, ambos de Metallica, padecen tinnitus por el sonido atronador de los conciertos. Brian Johnson, el cantante de AC/DC, que estuvo fuera de la banda por su irreparable sordera, fue en parte superada a partir de un implante de última tecnología. Noel Gallagher (ex Oasis) y Chris Martin (Coldplay) sienten fuertes zumbidos casi permanentemente. Eric Clapton declaró hace unos años que su audición estaba arruinada y que percibía un constante silbido. Lo propio admitió Anthony Kiedis, el cantante de Red Hot Chili Peppers. Entre los nuestros, el malogrado Pappo en sus últimos años ya no escuchaba para nada bien. Todos, como consecuencia directa de su actividad profesional dedicada a la música. Al estridente rock.

Con muchos años como catedrático titular de asignaturas como Filosofía y Ética Profesional en el Profesorado de Sordos, el autor de esta nota alguna vez implementó con sus alumnas un ciclo de cine con formato de seminario como herramienta didáctica con el fin de ilustrar y facilitar un enriquecedor debate acerca de cuestiones específicas de la carrera, vinculadas con lo filosófico. El paso por esta instancia educativa permitió desmontar el insostenible prejuicio acerca de que las personas sordas o hipoacúsicas tienen un déficit intelectual. Por el contrario, estas alumnas sordas mostraban más habilidades cognitivas que su docente.

El cine, como objeto cultural portador de mensajes que propician profundas reflexiones, dio filmes que abordaron el tema. Los más destacados fueron: “Te amaré en silencio” (o “Hijos de un dios menor”, 1986), con Marlee Matlin, actriz sorda que ganase el Oscar por encarnar a una joven alumna con el mismo problema auditivo, quien enamorará a un profesor de Educación Especial, rol interpretado por William Hurt. “Ana de los milagros” (o “El milagro de Anne Sullivan”, 1962), con la talentosa Anne Bancroft y Patty Duke, ambas ganadoras de sendos Óscares por sus roles, que basada en hechos reales contaba la historia real de Helen Keller, ciega y sorda a sus siete años, quedando casi incomunicada del mundo hasta conocer a una joven maestra que recién recobrara la vista, guiándola en su aprendizaje del mundo a través del tacto. Y “Profesor Holland” (o “Mr Holland Opus” -o Querido Maestro-, 1995), con el aclamado Richard Dreyfuss, película de la que ya hablaremos en otra oportunidad.

“El sonido del metal”, ópera prima del guionista Darius Marder, magníficamente estelarizada por el actor inglés de origen paquistaní Riz Ahmed, junto a la joven y ascendente Olivia Cooke, cuenta la historia de Ruben, un exheroinómano baterista de Blackgammon, un dúo de punk metal cuya vocalista es Lou, su novia, con quien convive como nómade en una casa rodante que es vehículo, dormitorio y a la vez depósito de instrumentos y equipos. Mientras recorren Estados Unidos, tocando con distorsión a pleno, una noche empezará a sentir que comienza a perder aceleradamente su audición. Tras una audiometría le anticipan que ha perdido casi el 80 por ciento en ambos oídos, que es irrecuperable, y que si insiste con los shows perderá rápidamente lo que le queda. Su mánager le recomienda instalarse en las afueras, en una granja para personas sordas, para que aprenda a serlo. Para que aprenda a aceptarlo. La misma está dirigida por un veterano de guerra, Joe (Paul Raci), también sordo, que lo alojará, y se convertirá en una especie de mentor, pero con condiciones: instalarse solo y desconectarse del mundo exterior. Sin teléfono, sin internet, sin las llaves del motorhome, sin contactos fuera. Y estimulado a escribir sus vivencias en un diario, mientras asiste a periódicas sesiones grupales. Su novia Lou volverá a París, junto a su padre (Mathieu Amalric). 

Ruben primero se angustia, luego se resiste, pero el vínculo que entabla con los niños sordos que allí estudian y su aprendizaje del lenguaje de señas lo irán reconciliando con una vida que había considerado perdida y sin futuro, y con una carrera terminada que podría llevarlo a una recaída en las drogas, algo de lo que la música pareció protegerlo a lo largo de cuatro años, mismo período de duración de su pareja con Lou. Los chicos, sus compañeros, provocarán que comience a enseñarles percusión, resignificando de tal modo la cuestión comunicacional, e iniciando así un viaje de autoconocimiento y crecimiento personal.

Sin embargo, parece no haberse resignado nunca a la pérdida total de la audición, averiguando que tras una costosa intervención quirúrgica, implantes mediante, podrá volver a escuchar, aunque más no sea en parte. Algo que le comunicará al director de la granja, quien le contestará que la sordera es una condición, y no una discapacidad, y que por tanto sería un error que piense que tiene algo por mejorar o recuperar. Luego de lo dicho, le indicará que ya no podrá permanecer en la institución. Tras la citada operación, volverá a escuchar, pero el resultado le provocará insatisfacción al no coincidir sus expectativas con las menguadas nitidez y definición de lo que oye, entre sonidos metálicos, apagados y difusos.


En “The sound of metal” el silencio es un protagonista más. La edición de sonido coloca al espectador en lo que podría ser el estado de la persona sorda. Los efectos sonoros y la mezcla en posproducción acompañarán el proceso del protagonista, creando el clima que aproxima a la experiencia que transita. Los parches de su batería vibran, pero no los escucha. La interrupción de la percepción de los ruidos habituales, descoloca. Y a quien antes escuchaba, le dispara ansiedades, preocupaciones, miedos y angustia. 

Cuando caigan los créditos del final, y el protagonista se acomode para observar lo que parece ser el panorama del resto de su existencia, sabremos que estuvimos viendo un provocador ejercicio sobre la aceptación y la identidad. Y que exhibe, para quien todavía no lo sepa, que aún queda trabajo por hacer en cuanto a la inclusión de las personas sordas e hipoacúsicas. En su epílogo, el filme mostrará que su viaje existencial no fue en vano, que las decisiones hay que tomarlas sin pensar solamente en uno mismo, que nada volverá a ser exactamente igual que antes, y que, dependiendo de la perspectiva filosófica, la vida puede ser dolorosa y al mismo tiempo hermosa.  

 

FICHA TÉCNICA

“El sonido del metal” (“Sound of metal”, EE. UU., 2020)

Ópera prima de Darius Marder - Disponible en Amazon Prime

Con Riz Ahmed, Olivia Cooke, Paul Raci y Mathieu Amalric

Género: drama – duración: 118´ - Calificación: muy buena 

 

Escrito por: Ernesto Edwards

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