Publicado el 20/03/2020 - 07:00 Hs.

Rock en tiempos de coronavirus

El coronavirus llegó a todo el mundo, y para quedarse por un tiempo. El rock también puede narrar y musicalizar la coyuntura actual

El nuevo coronavirus Covid-19 puede significar el final de la Globalización, tal como la conocimos, por lo menos a nivel del viaje presencial y esa posibilidad de comunicación física que nos conectaba con casi cualquier lugar del mundo con tan sólo una docena de horas en avión. El cierre de fronteras y espacios aéreos significa un enorme retroceso, y la justificación relativa de una reprobable xenofobia. Y nos hace imaginar una escenografía apocalíptica cercana a “The Walking Dead”.

La última vez que un virus cambió las costumbres de la población mundial fue a mediados de los ´80 con el HIV. Justo cuando reinaba una despreocupación generalizada acerca de los hábitos sexuales, propiciada por lo que fue lo que hoy recordamos como la revolución sexual de finales de los ´60, anticonceptivos incluidos. Porque las consecuencias más graves parecían ser un embarazo no deseado o una incómoda venérea. Pero nadie se moría por ello. Tan sólo se corría el riesgo de la posibilidad de alguna hipócrita y ocasional condena social. Luego la gripe aviar, la gripe A y el Ébola provocaron un fuerte impacto, pero pasajero y de dimensiones acotadas. Pasaron poco más de treinta años para que algo similar al SIDA pareciera que está por volver a suceder, pero con características propias e inesperadas.

El distanciamiento social y un comportamiento responsable que tanto se mencionan y recomiendan para evitar y controlar la difusión y contagio del virus está liquidando, en el mundo del rock y por un lapso que hoy es difícil de mensurar, con lo que conocimos como shows, recitales y festivales. Por un tiempo todo será a través del streaming. Primero de carácter gratuito, a modo de ensayo y práctica, pero ya terminará monetizándose. Porque este negocio está por cambiar los vínculos, las reuniones, las distancias. Y las formas de comercializar ciertos productos. El primer gran golpe para las discográficas y los artistas fueron las diversas plataformas virtuales que, por un módico abono, ponen a disposición de cualquiera el catálogo musical mundial completo. Para los creadores e intérpretes el mazazo definitivo puede ser esta pandemia, si no están atentos a las variantes que tendrán que ir probando. Aunque, digámoslo, una grabación o una transmisión a través de redes sociales nunca tendrá la vibración comunicacional y el feedback de una presentación en vivo con el público presente, por más que los seguidores llenen de mensajitos las pantallas.

En un rapto de supuesta originalidad varias bandas, alrededor del mundo, ya se disputan los derechos, como nombre de sus grupos, del de “coronavirus”, en el convencimiento de que tal denominación los convierte en “chicos malos” con innegable actitud rock. Pican en punta y se hunden en este océano de obviedad Wuhan Coronavirus y su corte “2019-NCoV”, y Coronavirus con “The End is Near (Covid-19)”. Más serio parece el irlandés Bono Vox, el líder de U2, que acaba de difundir “Let Your Love Be Known” (Deja que tu amor se conozca), dedicada a los sanitaristas italianos y a los que tratan de sobrevivir la cuarentena cantando desde sus balcones, aunque la canción está ambientada en una Dublin desierta, entre el miedo y el aislamiento.

Esta pandemia tendrá inevitables y catastróficas consecuencias económicas, con formato de recesión y desempleo, y una crisis comparable a una posguerra, que no tardaremos en ver en los próximos meses, más allá de un desagradable y preocupante escenario con numerosos muertos y convalecientes que pueden no recuperarse totalmente. Y esa es la idea que ronda: la de la muerte, la de la finitud. Y esa heideggeriana imagen de que nos encontramos arrojados al mundo, con una precariedad existencial en la que habitualmente preferimos no pensar.

Sabemos que con el rock también se editorializa. Y que con una adecuada selección de canciones podemos elaborar la banda de sonido de nuestras vidas. Y también la que describa y acompañe cada suceso resonante de la historia. Podemos hacer un breve recorrido. Los títulos son más que orientativos de su contenido.

“Esto es el fin del mundo tal como lo conocimos” (R.E.M.). “No te pongas tan cerca de mí” (The Police). “Fiebre” (Elvis Presley). “The End” (The Doors). “Enfermo otra vez” (Led Zeppelin). “Confortablemente Tieso” (Pink Floyd). “Cuarentena” (Mutemath). “Virus” (Deltron 3030). “Enfermo como un perro” (Aerosmith). “Alguien que me mande un médico” (Van Halen). “Querido Doctor” (Rolling Stone). “Llamá al médico” (J. J. Cale). “Pánico” (The Smiths). “Esperando un milagro” (Jerry García Band). “Esperando el fin del mundo” (Elvis Costello). “Apocalyse Please” (Muse). “Zombie” (The Cramberries). “El fin del mundo” (The Cure). “Aislamiento” (John Lennon). De los nuestros, Virus (justamente) con “Imágenes paganas” parecía describir el martirio de Federico Moura agonizando por el sida: “En el espejo, reflejos viajeros. Un apagón sentimental. La ruta pasa. Vuelve el deseo y la ansiedad de este cuerpo. Mi boca quiere pronunciar el silencio”.

Charly García, una de las plumas más lúcidas que tuvo nuestro rock de las primeras décadas, pareció anticiparse a lo que hoy, cada uno en mayor o menor medida, estamos experimentando todos: “Yo no quiero volverme tan loco. Yo no quiero vestirme de rojo. Yo no quiero morir en el mundo hoy. Yo no quiero ya verte tan triste. Yo no quiero saber lo que hiciste. Yo no quiero esta pena en mi corazón. Escucho un bit de un tambor entre la desolación de una radio en una calle desierta. Están las puertas cerradas y las ventanas también, ¿no será que nuestra gente está muerta? Presiento el fin de un amor en la era del color, la televisión está en las vidrieras. Toda esa gente parada que tiene grasa en la piel no se entera ni que el mundo da vueltas. Yo no quiero meterme en problemas. Yo no quiero asuntos que queman. Yo tan sólo les digo que es un bajón. Yo no quiero sembrar la anarquía. Yo no quiero vivir como digan. Tengo algo que darte en mi corazón. Escucho un tango y un rock y presiento que soy yo, y quisiera ver al mundo de fiesta. Veo tantas chicas castradas y tantos tontos que al fin yo no sé si vivir tanto les cuesta. Yo quiero ver muchos más delirantes por ahí bailando en una calle cualquiera. En Buenos Aires se ve que ya no hay tiempo de más, la alegría no es sólo brasilera. Yo no quiero vivir paranoico. Yo no quiero ver chicos con odio. Yo no quiero sentir esta depresión, voy buscando el placer de estar vivo. No me importa si soy un bandido. Voy pateando basura en el callejón”.

El gran pensador argelino Albert Camus, en “La peste”, una metáfora sobre la libertad y sus restricciones dictatoriales, se introdujo en la cuestión de la solidaridad humana, acuñando la frase, quizás muy optimista, "En el hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio". También apuntaba a esos gobiernos mesiánicos que buscan controlarte y someterte con la excusa del Bien Común. Hoy sólo aspiramos a que en cada país del mundo que está afectado por la peste del coronavirus, sus ciudadanos hayan sabido elegir bien a sus gobernantes. Y que está pandemia se supere, algún día.

El nuevo coronavirus Covid-19 puede significar el final de la Globalización, tal como la conocimos, por lo menos a nivel del viaje presencial y esa posibilidad de comunicación física que nos conectaba con casi cualquier lugar del mundo con tan sólo una docena de horas en avión. El cierre de fronteras y espacios aéreos significa un enorme retroceso, y la justificación relativa de una reprobable xenofobia. Y nos hace imaginar una escenografía apocalíptica cercana a “The Walking Dead”.

La última vez que un virus cambió las costumbres de la población mundial fue a mediados de los ´80 con el HIV. Justo cuando reinaba una despreocupación generalizada acerca de los hábitos sexuales, propiciada por lo que fue lo que hoy recordamos como la revolución sexual de finales de los ´60, anticonceptivos incluidos. Porque las consecuencias más graves parecían ser un embarazo no deseado o una incómoda venérea. Pero nadie se moría por ello. Tan sólo se corría el riesgo de la posibilidad de alguna hipócrita y ocasional condena social. Luego la gripe aviar, la gripe A y el Ébola provocaron un fuerte impacto, pero pasajero y de dimensiones acotadas. Pasaron poco más de treinta años para que algo similar al SIDA pareciera que está por volver a suceder, pero con características propias e inesperadas.

El distanciamiento social y un comportamiento responsable que tanto se mencionan y recomiendan para evitar y controlar la difusión y contagio del virus está liquidando, en el mundo del rock y por un lapso que hoy es difícil de mensurar, con lo que conocimos como shows, recitales y festivales. Por un tiempo todo será a través del streaming. Primero de carácter gratuito, a modo de ensayo y práctica, pero ya terminará monetizándose. Porque este negocio está por cambiar los vínculos, las reuniones, las distancias. Y las formas de comercializar ciertos productos. El primer gran golpe para las discográficas y los artistas fueron las diversas plataformas virtuales que, por un módico abono, ponen a disposición de cualquiera el catálogo musical mundial completo. Para los creadores e intérpretes el mazazo definitivo puede ser esta pandemia, si no están atentos a las variantes que tendrán que ir probando. Aunque, digámoslo, una grabación o una transmisión a través de redes sociales nunca tendrá la vibración comunicacional y el feedback de una presentación en vivo con el público presente, por más que los seguidores llenen de mensajitos las pantallas.

En un rapto de supuesta originalidad varias bandas, alrededor del mundo, ya se disputan los derechos, como nombre de sus grupos, del de “coronavirus”, en el convencimiento de que tal denominación los convierte en “chicos malos” con innegable actitud rock. Pican en punta y se hunden en este océano de obviedad Wuhan Coronavirus y su corte “2019-NCoV”, y Coronavirus con “The End is Near (Covid-19)”. Más serio parece el irlandés Bono Vox, el líder de U2, que acaba de difundir “Let Your Love Be Known” (Deja que tu amor se conozca), dedicada a los sanitaristas italianos y a los que tratan de sobrevivir la cuarentena cantando desde sus balcones, aunque la canción está ambientada en una Dublin desierta, entre el miedo y el aislamiento.

Esta pandemia tendrá inevitables y catastróficas consecuencias económicas, con formato de recesión y desempleo, y una crisis comparable a una posguerra, que no tardaremos en ver en los próximos meses, más allá de un desagradable y preocupante escenario con numerosos muertos y convalecientes que pueden no recuperarse totalmente. Y esa es la idea que ronda: la de la muerte, la de la finitud. Y esa heideggeriana imagen de que nos encontramos arrojados al mundo, con una precariedad existencial en la que habitualmente preferimos no pensar.

Sabemos que con el rock también se editorializa. Y que con una adecuada selección de canciones podemos elaborar la banda de sonido de nuestras vidas. Y también la que describa y acompañe cada suceso resonante de la historia. Podemos hacer un breve recorrido. Los títulos son más que orientativos de su contenido.

“Esto es el fin del mundo tal como lo conocimos” (R.E.M.). “No te pongas tan cerca de mí” (The Police). “Fiebre” (Elvis Presley). “The End” (The Doors). “Enfermo otra vez” (Led Zeppelin). “Confortablemente Tieso” (Pink Floyd). “Cuarentena” (Mutemath). “Virus” (Deltron 3030). “Enfermo como un perro” (Aerosmith). “Alguien que me mande un médico” (Van Halen). “Querido Doctor” (Rolling Stone). “Llamá al médico” (J. J. Cale). “Pánico” (The Smiths). “Esperando un milagro” (Jerry García Band). “Esperando el fin del mundo” (Elvis Costello). “Apocalyse Please” (Muse). “Zombie” (The Cramberries). “El fin del mundo” (The Cure). “Aislamiento” (John Lennon). De los nuestros, Virus (justamente) con “Imágenes paganas” parecía describir el martirio de Federico Moura agonizando por el sida: “En el espejo, reflejos viajeros. Un apagón sentimental. La ruta pasa. Vuelve el deseo y la ansiedad de este cuerpo. Mi boca quiere pronunciar el silencio”.

Charly García, una de las plumas más lúcidas que tuvo nuestro rock de las primeras décadas, pareció anticiparse a lo que hoy, cada uno en mayor o menor medida, estamos experimentando todos: “Yo no quiero volverme tan loco. Yo no quiero vestirme de rojo. Yo no quiero morir en el mundo hoy. Yo no quiero ya verte tan triste. Yo no quiero saber lo que hiciste. Yo no quiero esta pena en mi corazón. Escucho un bit de un tambor entre la desolación de una radio en una calle desierta. Están las puertas cerradas y las ventanas también, ¿no será que nuestra gente está muerta? Presiento el fin de un amor en la era del color, la televisión está en las vidrieras. Toda esa gente parada que tiene grasa en la piel no se entera ni que el mundo da vueltas. Yo no quiero meterme en problemas. Yo no quiero asuntos que queman. Yo tan sólo les digo que es un bajón. Yo no quiero sembrar la anarquía. Yo no quiero vivir como digan. Tengo algo que darte en mi corazón. Escucho un tango y un rock y presiento que soy yo, y quisiera ver al mundo de fiesta. Veo tantas chicas castradas y tantos tontos que al fin yo no sé si vivir tanto les cuesta. Yo quiero ver muchos más delirantes por ahí bailando en una calle cualquiera. En Buenos Aires se ve que ya no hay tiempo de más, la alegría no es sólo brasilera. Yo no quiero vivir paranoico. Yo no quiero ver chicos con odio. Yo no quiero sentir esta depresión, voy buscando el placer de estar vivo. No me importa si soy un bandido. Voy pateando basura en el callejón”.
 

El gran pensador argelino Albert Camus, en “La peste”, una metáfora sobre la libertad y sus restricciones dictatoriales, se introdujo en la cuestión de la solidaridad humana, acuñando la frase, quizás muy optimista, "En el hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio". También apuntaba a esos gobiernos mesiánicos que buscan controlarte y someterte con la excusa del Bien Común. Hoy sólo aspiramos a que en cada país del mundo que está afectado por la peste del coronavirus, sus ciudadanos hayan sabido elegir bien a sus gobernantes. Y que está pandemia se supere, algún día.

 

Por Ernesto Edwards

Filósofo y periodista

@FILOROCKER

 

Escrito por: Ernesto Edwards

Comentarios

Los comentarios aquí publicados son responsabilidad de sus autores.
Norte Bonaerense se reserva el derecho de administrarlos.

Publicado en