Publicado el 11/09/2020 - 07:00 Hs.

Rock y boxeo

Con motivo del Día del Boxeador Argentino recorreremos el estrecho vínculo que siempre ha tenido el rock con el boxeo

En 1923, hace casi cien años, el púgil argentino Luis Ángel Firpo protagonizó en el colmado Polo Grounds neoyorkino, frente al estadounidense campeón mundial de los pesados Jack Dempsey lo que recordamos como la “pelea del siglo”, cuando la duración de cada pelea no tenía límites de rounds y todavía el box en nuestro país era amateur y estaba cuasi prohibido, entre tantos combates clandestinos. La honorable derrota del “Toro salvaje de las Pampas” abrió el camino para la profesionalización. Por ello, el 14 de septiembre quedó instaurado como el Día del Boxeador Argentino. La pelea fue seguida con gran interés a través de la radio, y por su trámite quedó claro el despojo que sufrió el argentino al haber sacado del ring a su rival tras un recio derechazo que mantuvo a Dempsey abajo del cuadrilátero, al que retornó ayudado escandalosamente por los periodistas, con la complicidad del réferi. Fue la primera pelea mundialista de un argentino que se manejaba y entrenaba solo, sin ayuda ni orientación de nadie, lo que lo mostraría como un hábil inversionista y explotador de su propia imagen, convertiéndose en millonario.

Somos muchos en el mundo los que hemos ido a Filadelfia, Estados Unidos, no sólo para recorrer las calles que describía Bruce Springteen para el inolvidable filme ganador del Oscar, sino también para subir las escalinatas del Museo de Arte, en recuerdo de la famosa escena de “Rocky”, también ganadora del Oscar, que mostraba la historia personal de un perdedor cuyo único sueño boxístico era terminar de pie al cabo de 15 rounds enfrentando al campeón mundial. Mientras, nos sigue conmoviendo “El ojo del Tigre”, por Survivor. También asistimos como acreditados al ring side de númerosos festivales alrededor del país. Es que el boxeo atrae, atrapa como espectador. Porque tiene epopeya y drama. Porque construye una épica y origina héroes. Porque lo asociamos a las gestas de aquellos gladiadores que luchaban por su vida en el circo romano. Porque cada encuentro boxístico puede leerse como una metáfora existencial.

Asimismo es cierto que es un deporte con una escasa variedad de golpes, apenas cuatro, como el jab, el cross, el hook y el uppercut. Que requiere habilidad para el bloqueo, la cintura o el visteo. O ser simplemente un “pegador” que juega su suerte a embocar una sola mano ganadora. En nuestro país fueron desfilando glorias como Pascualito Pérez, Horacio Acavallo, Nicolino Locche, Carlos Monzón y Víctor Galíndez, nuestros cinco primeros campeones mundiales, cuando sólo tenían validez los títulos ecuménicos reconocidos por la Asociación Mundial de Boxeo o por el Concejo. Aunque de igual modo irían quedando por el camino aquellos que conoceríamos como los “campeones sin corona”, perjudicados quizás por algún fallo injusto. O rivalidades históricas, como la de Prada – Gatica. O aquellos filósofos de la calle, como Ringo Bonavena. Y, claro, los “amigos del campeón”.

También, mucho después, llegarían las mujeres, de la mano de destacadas figuras, campeonas mundiales todas, como Marcela la Tigresa Acuña, Yésica la Tuti Bopp, Carolina la Turca Duer y Daniela la Bonita Bermúdez, entre otras, cada una con historias de vida para recordar. Mientras seguíamos con atención esos relatos de Osvaldo Príncipi que anticipaban el “palo por palo” o que iba madurando el nocáut, en eso que por mucho tiempo fue el viril deporte de los puños. Quedará para el debate si el box es un deporte o sólo un espectáculo de recursos físicos que tiene como objetivo principal la destrucción del rival. Mientras tanto, sigue vigente y con presencia olímpica.

Como era de esperar, el rock le ha dedicado imborrables canciones de parte de los mejores autores. El premio Nobel Bob Dylan, con “Hurricane” (1975) se destaca con una biografía real, la de Rubin “Hurricane” Carter, un boxeador negro de peso mediano, con antecedentes de ladronzuelo juvenil, arrestado y condenado por un jurado conformado enteramente de blancos, por un triple homicidio que no cometió. Sería Dylan quien denunciaría su situación: “Esta es la historia de ´Hurricane´, pero no habrá terminado hasta que limpien su nombre y le devuelvan el tiempo que ha cumplido condenado. Pusieron en una celda a quien pudo ser campeón del mundo”.

Bruce Springsteen con “The Hitter”, cuenta la suya: “Luché contra el campeón Jack Thompson en un campo lleno de barro. La lluvia se derramó a través de la tienda hasta la lona y se mezcló con nuestra sangre. En el duodécimo deslicé mi lengua sobre mi mandíbula rota. Me paré sobre él y golpeé su cuerpo ensangrentado contra el suelo. Bueno, la campana sonó y sonó, y todavía seguí. Hasta que sentí el cuero de mi guante deslizarse entre su piel y su hueso. …Cuando levantaron su brazo, mi estómago se retorció y el cielo se volvió negro. Llené mi bolso con buen dinero y nunca miré atrás”.

Con “I’m your man” el genial escritor canadiense Leonard Cohen avisa: “Aquí estoy. Soy tu hombre. Si quieres un boxeador, me subiré al ring por ti”. Y Morrisey con “Boxers” canta su cuento de fracasados: “Perder frente a tu público local. Deseas el suelo. Se abriría y te derribaría. ¿Y nunca pasará el tiempo? 

Para el rock nacional es una mención reiterada. Con Andrés Calamaro aparece en “Alta suciedad”: “El campeón tiene miedo. Tiene miedo de pegar. No se quiere romper las manos porque tiene que cantar. El ritmo del protector bucal. El bombo de la ciudad. Le golpea en el culo. Golpea y nada más”. También “Lou Bizarro” hace su referencia: “Lou Bizarro perdió por knock out con Roberto ´Mano de Piedra´Durán. …Esta es la historia que nadie contó. La historia de otro boxeador que perdió. …No quiero ser Tyson. Tyson en Japón”.

Los Pericos, “Sin Cadenas”, y la entrañable y verídica historia de resiliencia y superación del “Karateca” Medina, tras pagar con años en la cárcel por sus delitos: “Sin cadenas sobre los pies me puse a andar. Hace tiempo quise encontrar el camino. Nada escapa, nada muere, nadie olvida, eso lo sé. Navegante sin rumbo fui, y naufragué. Cada calle, cada rincón fui conociendo. Y he perdido, he ganado. He sabido defenderme bien. Contengo la respiración
Es un día tan claro, tan claro. En busca de historias felices. Felices serán el día en que pise firme”.

“El 38” y Divididos: “Boxearon juntos con sus hijos, mientras la guita se le iba por el diván”. 2 minutos, el punk y la marginalidad: “Piñas van, piñas vienen. Los muchachos se entretienen”. Ricardo Iorio, desde Almafuerte se define: “Aguante Bonavena”. Y Ciro y los Persas, con “Como Alí”, evoca al incomparable y legendario boxeador norteamericano, un bailarín del ring y un referente del pacifismo, en su momento perseguido por el sistema.

Con León Gieco “Cachito Campeón de Corrientes” es el relato del cabecita del interior, engañado por los inescrupulosos de siempre con la promesa y el sueño de un cinturón, que regresa a su pueblo derrotado y sin nada. Y en “Puño Loco” alude a un peleador callejero, entre leyendas populares.

El rock en español tiene lo suyo. “El boxeador”, de Enrique Bunbury, acierta en el relato: “Eres el boxeador entrenando en la playa. Lanzando ganchos de izquierda al aire. …Golpea mejor quien golpea primero. Levántate antes de que cuente hasta diez”. ChivoChivato graba “2do. Round” como la metáfora de una nueva oportunidad. “No hay tiempo para un segundo round. Ha sonado el final. Tampoco estuvimos tan mal”. Y en “Botella al mar”, de Ella Es Tan Cargosa, escuchamos: “Ya me cansé de salir a pasear mi tristeza a los bares. Boxeador viejo, mejor admitir, no aprendí a retirarme. Lo que no soy ni fui, de vez en cuando se queja de mí”.

Como cierre, “No te caigas, campeón”, y una canción muy rosarina: “Quiso ser un campeón, y se puso a pelear. Cada piña era un plato de comida. Y las lágrimas que corren por su piel le acarician tantos golpes de la vida”. Aunque nunca será la última que nos acerque a este arquetipo. Porque el rock también es una lucha en la que se gana y se pierde.

Por Ernesto Edwards

Filósofo y periodista

@FILOROCKER

 

Escrito por: Ernesto Edwards

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