Publicado el 26/06/2020 - 07:00 Hs.

Rodrigo: Cultura, cuarteto y rock

Se cumplen veinte años desde que Rodrigo Bueno se convirtió en leyenda. En su momento ídolo incomparable, hoy pocos lo recuerdan. Pero sigue siendo cultura, cuarteto y también rock

A una enorme mayoría le debe estar pasando inadvertido que un 24 de junio, de hace exactamente 20 años, más precisamente en esa madrugada de sábado, en el kilómetro 26 de la autopista Buenos Aires - La Plata, en un accidente automovilístico, se mató un cantante cuartetero, y lo lloró desconsoladamente y sin descanso (en ese entonces) el país entero. Claro que no era un cuartetero más. Era el máximo ídolo vivo de un género musical que había trascendido las fronteras de su Córdoba natal, para llegar a identificar a un público mayoritario que ya no distinguía entre sectores sociales ni niveles culturales, porque la cultura popular termina por derribar las estúpidas barreras que traban la fluida comunicación entre un legítimo referente y su pueblo.


Había cumplido 27 años, es decir que hoy tendría apenas 47 y aunque sólo hacía 7 meses que su figura y su obra había explotado vertiginosamente a nivel mediático, una extensa e irregular carrera que ocupó casi la mitad de su vida, le sirvió para cimentar un estilo y perfil propios que sobrepasó el ámbito específico del cuarteto, ese género originado en la capital cordobesa, hace casi exactamente un siglo, como música de síntesis entre la tarantela italiana y el pasodoble español, con temas sin letras, y cuatro músicos llevando adelante un ritmo simple que intentaba, fundamentalmente, a partir del piano, contrabajo, acordeón y violín, hacer pasar un momento de alegría, entre tantas penas.


Aunque era un ambiente que, en parte, lo miraba de soslayo, lo de desaparecer trágicamente a los 27 también fue todo un signo, habida cuenta de su inclinación por emparentarse con el universo del rock, que siempre tomó a esa edad como la fatídica que enlazó, a través del tiempo, a Brian Jones, Jim Morrison, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Kurt Cobain, Richey Edwards y Amy Winehouse, entre otros. Y acercarse de tal modo a esa máxima del Punk que prescribía vivir rápido y morir joven. No era casual tampoco que uno de sus éxitos juveniles, el “Himno del Cucumelo” era una canción de Las Manos de Filippi. Baste con recordar, también, cómo acostumbraba a reversionar sus propios hits en clave rockera, como lo hizo con “Lo mejor del amor” en su disco “Unplugged”, identificándose con la rebeldía, marginalidad y transgresión del género. También no era menor que a los fines de su vínculo con el rock, entre los íconos que citaba a menudo en sus canciones, el lugar de preferencia que ocupaba Charly García, a quien en ocasiones versionaba, como con “Demoliendo Hoteles”. Y no pasaba desapercibido, a su vez, que sus hits fuesen adaptados por numerosas bandas de rock. Tampoco fue menor su emparentamiento artístico con Diego Maradona, un ícono de la rebeldía. Sí, Rodrigo Bueno se había comprado el manual de la estrella de rock.

Todos aquellos que nos educamos en el marco de una concepción de cultura despojada de elitismos y actitudes sectarias, rápidamente comprendimos que este muchacho cordobés encarnaba la idea y la fantasía del cabecita del interior que había conquistado Buenos Aires, reivindicando siempre su Córdoba natal, a fuerza de temperamento, simpatía, originalidad, picardía, convicción, carisma, y unas cuantas canciones bien logradas. A nadie le importaba que cantara mal -porque cantaba “en vivo” con su reconocible voz ronca y fuerte, algo poco común entre tanta pista grabada-. Y porque los ídolos están más allá de ese tipo de apreciaciones. En este punto siempre es conveniente recordar lo necesario que es diferenciar entre modelos e ídolos. Los primeros como aquellos que encarnan valores que consideramos son dignos de ser imitados. Y los segundos como los que despiertan una adhesión irracional y acrítica, que se manifiesta en conductas imitativas en general. Queda claro que Rodrigo no podía ser modelo de nada. Pero su idolatría crecía exponencialmente.

La vida, o el destino, no le dieron tiempo para el fracaso. Sus últimos discos, además de sus reconocibles canciones de amor, esas que describían amores prohibidos de mutuas infidelidades (“Lo mejor del amor”), o inconfesables (“Cómo le digo”, al querer confesarle a su mujer que otro ocupa su lugar) permitieron también que fueran apareciendo algunas letras de mayor compromiso social, describiendo, como corresponde a un artista popular, las cosas cotidianas que le pueden ocurrir a cualquiera.

 
En poco tiempo, hizo de todo para intentar no ser olvidado jamás. Ahora no ha cambiado demasiado, pero en una época donde “el ser” se verificaba apareciendo en los “medios”, el cantante cuartetero recorrió cuanto programa radial y televisivo lo invitara. Y a diferencia de Gilda, que al momento de su muerte no la conocía casi nadie, al Potro cordobés, esta muerte absurda lo sorprendió en lo más alto, con una docena de discos, una quincena de recitales en el Luna Park, 200 mil personas en un festival gratuito en Mar del Plata, y una irresistible capacidad de seducción. Mirado de costado en su Córdoba natal, pero reconocido a lo largo del resto del país, tras sus primeras incursiones melódico bailanteras que incluían salsa y merengue, emprendió una cruzada personal de difusión del cuarteto, que instaló el género hasta en Buenos Aires.


Tampoco parece casual que todo haya pasado un 24 de junio, justo el día en el que desapareciera quien hasta ese sábado fuera el máximo referente de la cultura popular porteña. Y no era un personaje menor. Era nada menos que Carlos Gardel.

Rodrigo Bueno cumplió con todas las reglas del manual del ídolo. Ascenso rápido, y en el momento de mayor éxito, una violenta muerte temprana, esa que nos impresiona y nos impacta porque nos enfrenta con la facticidad de toda situación límite. Y dejando el mensaje de que los descuidos y los excesos pueden llevar a la muerte a cualquiera.

Y entre tantas tonterías que a veces se nos imponen como temáticas a desarrollar periodísticamente o desde la investigación académica, a veces es preferible recordar a este ícono de la cultura popular que conocimos como el Potro Rodrigo. Que quizás intuyó su final con “Un largo camino al cielo”.

Calificado de “grasa”, o entronizado con reverencias por una multitud que ya ha comenzado a olvidarlo. La prensa especulaba con qué podría haber sido de él si hubiese emprendido una carrera de nivel internacional. Ya nadie podrá saberlo. Es pensar un contrafáctico sin sentido. Su tiempo pasó inexorablemente. Su santuario ya no existe. Ni siquiera su mentado heredero, Wálter Olmos, sigue vivo. Y su hermano Ulises nunca alcanzó su dimensión. Y hasta su clásica discográfica ya hace varios años que no reedita sus álbumes, y los compilados “nuevos” y discos “inéditos” son de tirada casi simbólica. La excepción pareció ser la película basada en su vida, pero fue sólo eso. Porque Rodrigo es otro signo de la Posmodernidad. Cuando el éxito, como dicen, parece un impostor. Sí, así de efímero es todo.

Por Ernesto Edwards

Filósofo y periodista

@FILOROCKER

Escrito por: Ernesto Edwards

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